El hambriento
Soy miserablemente mediocre.
Lo declaro como un suceso único donde después de horas de trabajo, después de días de incomodidad con mi propia persona, resulta que no hay nada, que yo pueda hacer que me permita empatizar con otros.
Alimento mi dramaturgia, desgracia y pienso. Leo a todos esos poderosos, y escribo.
En un intento por desplegar esa furia contenida, en breves líneas, conecta por un breve instante, el acuerdo de conciencia.
No lo soporto más.
Si revivo, si ese reencuentro sucede, entre mi yo de siete años, ese otro perdido a los quince y ahora ya con casi veintidós, concuerdo en algo. Pensar no nos llevó a más nada que la desgracia.
Pensar como ejercicio de superación, aprender de quién soy, perder el camino y lograr la inseguridad de un mejor futuro.
Pensar como ejercicio, que otorga duda e hipótesis por si mismo.
Pensar, como herramienta, que en manos temblorosas decanta en el abismo transversal del existencialismo, la existencia como tal.
Pesar no me llevo a nada, pero hoy más que nunca, me convirtió en mártir.
No puedo culpar a nadie.
Por suerte siempre que cuento hacia atrás, me encuentro pensando.
Mi única forma de memorar quién fui, es por saber qué estaba pensando.
Al retomar, descubro que no importa hace mucho tiempo ya, quién fui. El problema radica en el desorden con el que convivo.
No lo soporto más.
Soy miserablemente mediocre.
Después de todo esto, ya no tengo más ganas de llorar.
Aunque mi cuerpo sigue necesitando ese espasmo que deja el llanto cuando
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