Los veranos de mi niñez llevan consigo algo ligero, un aire desinhibido. Prontamente inundado de aromas frescos, algo de repelente y dentro del gris de las calles de aquel barrio, la calidez del color, del sol que por completo iluminaba la cocina en la casa de la abuela. Con ese ventanal infinito ayudado por cortinas maíz. Todo era dorado. 


Hablo de las tardes donde después de compartir tiempo en la pelopincho, cuando el agua quedaba ya muy fría, salíamos a merendar. Aunque del grupo era la prima más grande, siempre me recibieron con la misma ternura. Susana, Uchi, nos ofrecía cosas caseras y algo calentito para tomar. Hacía calor y mi cuerpo estaba frío, entonces ese tecito, era como una manta. Podía percibirlo todo y ese momento, era un mimo.


Esa sensación de frío después del agua y un té entibiandome el cuerpo es la que quiero describir, pero trae tantas otras... que es un poco difícil


Cuántas tardes transcurrieron igual? Decidí hacer como un collage y de todas esas, recuerdo los mismos momentos, llenos de amor.

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